Capítulo 1 de "El primer caso de Cate Maynes"

CAPÍTULO 1 DE "EL PRIMER CASO DE CATE MAYES"
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El móvil quebró el silencio con un sonido desagradablemente estridente. Comprendí, mientras trataba de recordar dónde coño estaba (yo, no el móvil), que en realidad no era que el sonido del teléfono fuera estrepitoso, sino que la espantosa resaca que tenía —y que se desarrollaría durante las próximas horas sin compasión, ay, cómo lo sabía—, aumentaba de forma escandalosa su umbral de resonancia.
Logré abrir un ojo, al tiempo que el teléfono dejaba de sonar. Actualizando viejas promesas acerca de no volver a beber nunca más —nunca, nunca, nunca más—, me incorporé, y de inmediato me arrepentí. El mundo estaba girando como una peonza, el muy hideputa debía de haberse salido de su eje. Qué putada, pensé, que el fin del mundo me pillara en cueros, resacosa y apestando a humo de cigarrillo, sudor y sexo. Tardé aún unos segundos en comprender que no era el globo terráqueo el que anunciaba el apocalíptico final de todos los tiempos, sino simplemente las consecuencias de mi vieja, consabida y puntual resaca. Abrí ambos ojos, entrecerrándolos para protegerlos de la inclemente luz del sol, e inspeccioné el lugar donde me encontraba. Suntuosa habitación desconocida y mujer desnuda en la cama conmigo, concluí. Nada, al fin y al cabo, que no hubiera ocurrido ya antes. Miré con atención a esa mujer —las mujeres desnudas me gustaban demasiado como para refrenarme por una estúpida resaca—, estudiando con delectación la deliciosa curva de su espalda, la suavidad sin mácula de su culo, el desorden de su largo cabello rubio lamiendo sus hombros, la inacabable longitud de unas piernas perfectamente torneadas y deditos que, sin esforzarme mucho, recordaba haber chupado con ganas hacía tan solo unas horas.
Coño, tenía ganas de vomitar. No por la contemplación de la bella durmiente —faltaría más—, sino por la súbita certeza de que el alcohol que había ingerido era de los de ida y vuelta. No queriendo ser más grosera de lo que ya planeaba ser —iba a irme sin despedirme, por supuesto—, tuve la sensatez suficiente como para alcanzar el cuarto de baño antes de que ese alcohol que con tanta alegría había ingerido volviera a presentarme sus respetos. Ya de paso, pensé que a mi ocasional desnuda compañera de piernas perfectamente torneadas no le importaría que usara su ducha. Suelo llevar una muda siempre conmigo, en mi bandolera multiusos, porque con mi oficio (detective privada, escolta, chica-con-pistola-para-todo) y mis aficiones (sexo, alcohol, sexo, alcohol, sexo, sexo), prevenir es curar o, como mínimo, aparentar. El contenido de mi bandolera es de lo más variopinto, aunque siempre procuro que haya unos mínimos fijos: mi arma (si no, no sería chica-con-pistola, claro), muda limpia básica (bragas y camiseta) y un botiquín, donde destacan las tiritas, el yodo y paracetamol suficiente como para establecer mi propia red de tráfico de estupefacientes pero que, ¡ay!, debo usar en mi propio y único beneficio. Nunca he sabido beber, para qué vamos a engañarnos. En mi disculpa, alegaré que cuando me inicié —y me mantengo disciplinadamente— en el desagradable mundo de «la copita de más» acababa de dejar en estado vegetativo a una persona, había abandonado el Cuerpo de Policía —un trabajo que me gustaba porque el uniforme me sentaba de maravilla— y también acababa de terminar la relación más estupenda que jamás podría haber soñado con la mujer más estupenda que jamás podría haber soñado. Pero de eso hacía ya mucho tiempo y ahora lo que debería preocuparme era recordar el nombre de la mujer de dedos sabrosos que había pasado toda la noche follándome (y viceversa). Sabía que nos habíamos presentado en algún momento de la noche, pero solo lograba recordar mi propio nombre, por motivos obvios.
Con ese pensamiento entré en el cuarto de baño. ¡Hala!, me dije. Ocupaba casi el mismo espacio que mi despacho. Era un sitio de un blanco cegador, inmaculado, con un más que respetable jacuzzi presidiendo el centro de la habitación. Vi que había también una ducha y pensé que sería más discreto hacer uso de ella. No estaba muy segura de que a esa mujer le gustaran las semidesconocidas en su jacuzzi, por mucho que hubieran saboreado sus deditos durante las horas previas. Estaba dejando caer las primeras lenguas de agua sobre mi cabeza cuando percibí por el rabillo del ojo que había alguien más conmigo. ¡Ahí va!, pensé cuando miré a la rubia. Al parecer, había sido muy afortunada la noche anterior. La mujer de los dedos sabrosos era, sin esfuerzo, hermosa. El cabello rubio, revuelto, le caía en cascada por los hombros y los pechos, pequeños y firmes, eran un logro de ingeniería femenina. En su cuerpo no parecía haber ni un solo gramo de grasa de más, se notaba a la legua que se cuidaba y que estaba en forma. Su piel era clara y —lo había comprobado en el transcurso de la noche— suave como el terciopelo. Hasta la cicatriz del apéndice que marcaba su costado era de lo más sexy. La mujer rubia de la que todavía no podía recordar el nombre —maldita sea— se plantó frente a mí mientras el agua de la ducha me caía por encima. Tenía un rostro armónico y una mirada azul penetrante que hizo que me estremeciera. Recordaba vagamente que todo había empezado así la noche anterior. Había ido al Powanda, como siempre, a tomar una cerveza (en fin, quien dice cerveza dice ron, licor de whisky, tequila y un chupito de orujo a última hora). El local, cuya propietaria, Caroline, se contaba entre las escasas amigas que me soportaban, era una especie de tasca-pub donde servían comidas y bebidas desde las siete de la tarde hasta bien entrada la madrugada. Caroline se jactaba de que en su local se podía servir una reconfortante sopa de pollo recién hecha a las tres de la mañana y era cierto.
Yo no recordaba haber tomado anoche la sopa, sino más bien un menú basado en frutos secos y un par de aceitunas —rellenas de anchoa, eso sí, que tienen más alimento—. La noche anterior no tenía hambre, solo quería una excusa para beber sin que Carol me asesinara con la mirada. El menú y mi deseo consiguieron que alcanzara el estado ideal que buscaba: lo suficientemente borracha y lúcida a partes iguales como para, por un lado, adormecer el perpetuo dolor que me acompañaba desde que lo había perdido todo y, por otro, lograr relacionarme socialmente lo preciso como para pasar la noche en agradable compañía comiéndole el coño a alguien.
Por supuesto, no siempre lo lograba. Sí, me comía un coño, pero a veces la balanza que engrasaba tan precisa maquinaria se desequilibraba hacia un lado u otro y más de una vez había acabado pasando la noche con una mujer que, para qué engañarnos, follaba de maravilla, pero también había entendido mal las bases de nuestra relación y acababa exigiendo un futuro que yo no estaba dispuesta a dar. Más que nada, porque no lo tenía y porque ya no me molestaba en pensar en él. Yo tuve un futuro hasta los veintiséis años. A partir de ahí, simplemente se desintegró en forma de rencor, emociones descontroladas, una bala en el cráneo de un golfo hideputa y toda la impotencia del mundo para intentar salvar lo insalvable.
Pero bueno, eso había sucedido hacía ya un año y él ahora estaba ocupado por una hermosa mujer rubia de cicatriz sexy que me miraba de forma penetrante. Mirando a esos ojos azules nublados aún por el sueño, sentí una ligera aprensión mientras pensaba de qué tipo sería la rubia. ¿Me miraba de ese modo porque iba a pedirme matrimonio, dos docenas de gatos y una hipoteca conjunta? Me esforcé en recordar la noche pasada. Una ligera sonrisa asomó, sin poder evitarlo, a mis labios manchados de alcohol y fluidos. El sexo había estado muy bien; mejor que eso, había sido... bueno, había sido una maravilla. La rubia sabía follar y ser follada. Empezaban a asomar a mi embotada y resacosa cabeza recuerdos de lo que habíamos hecho en la cama. Empecé a notar el incipiente camino de la excitación, pese a la resaca. Yo era una mujer relativamente sana y en forma —a pesar de mi entusiasmo por la cerveza y el licor—, de veintisiete años, con un apetito sexual que había alcanzado su madurez hacía tiempo —y se había mantenido, para mi alegría— y ahora estaba desnuda, frente a otra mujer, igualmente desnuda, con la que había tenido uno de los mejores sexos que recordaba en mucho tiempo. Recordé que la mirada añil de esa preciosa mujer rubia, acodada con indiferencia al otro extremo de la barra del Powanda, había sido la que me había conducido a esa maravillosa sesión de sexo. La misma mujer que ahora me miraba en su cuarto de baño. Yo la miré a mi vez y, sí, estaría resacosa y hecha un asco pero, joder, la rubia tenía un cuerpo maravilloso, con esos pechos perfectos y esa exquisita depilación en el pubis que ya me había vuelto loca unas horas antes cuando la vi por primera vez. Todavía no había recordado su nombre, pero creo que no me hacía falta para follármela otra vez, o al menos eso esperaba. Habría sido mejor planteármelo habiéndome tomado la primera dosis —doble, triple— de paracetamol, pero, qué coño, sabía que podía hacerlo, no sería la primera vez. La cuestión era: ¿la rubia también quería?
Al parecer sí. Tal vez no lo había hecho tan mal la noche anterior —no, creo que no, empezaba a recordar sus discretos gemidos, que en principio me habían parecido demasiado reservados, pero que acabaron desembocando, igual, en una exquisita languidez tras el estallido sexual—, porque la rubia —¿Erika?, ¿Héloïse?— me miraba con esa mirada que sabía dónde terminaría. Curvando sus labios en una mueca traviesa, la rubia —¿Ellen?, ¿Portia?— entró en la ducha conmigo. Me dio tiempo a llevarme algo de agua a la boca para hacer un enjuague de emergencia —una dama siempre ha de procurar serlo en la medida de lo posible, sean cuales sean las circunstancias—, pero habría dado igual. El sabor de su boca era el de la mía, sabor a alcohol, deseo y sexo. Pegándose a mí, sin haber pronunciado todavía ni una sola palabra ninguna de las dos, me colocó bruscamente de espaldas a ella, enlazándome el estómago con un brazo. Con otro movimiento me pegó aún más a ella y, sin transición, metió la mano libre entre mis muslos, directa hacia mi sexo. Qué afortunada que estuviera mojada ya por el agua y por la incipiente excitación, porque la rubia —¿Thelma?, ¿Louise?— me metió un dedo sin prólogo ni jueguecitos de calentamiento. Un dedo impertinente que empezó a moverse sin consideración en mi sexo, si bien fui consciente de que —pese a la aceptación tácita del nivel de brusquedad del juego— ella estuvo atenta a que mis gruñidos no pasaran de la excitación a la incomodidad. Meterle un dedo a una mujer que no estaba lo suficientemente lubricada era una putada, se mirase por donde se mirase. Mientras con una mano me penetraba, apoyó la barbilla sobre mi hombro, mirándome de soslayo. Yo cerré los ojos, intentando concentrarme en lo que me estaba haciendo, pero sé que ella vigiló con atención todas mis reacciones. Solo cuando estuvo segura de que aquello iba bien, metió un dedo más, empezando a balancearse de forma rítmica contra mi culo, restregándose al mismo tiempo. Extendí ambos brazos, apoyando las palmas de las manos sobre los húmedos azulejos, al tiempo que me abría más de piernas para que ella pudiera maniobrar sin impedimentos. Si hacía falta, Cate Maynes se abría lo que hiciera falta, ese era mi lema. Me dolía la cabeza horrores pero, joder, la anticipación de un orgasmo hacía que pudiera relegar ese dolor a un lugar lo bastante apartado como para que no entorpeciera en tan elevada labor. Ella metió el tercer dedo. Empezó a empujar con más fuerza, sentía su sexo, tan exquisitamente depilado, resbalando contra mi culo, y la imagen en mi cabeza de esa hermosa mujer follándome por detrás hizo que se acelerara la explosión del orgasmo dentro de mí.
—¡Micaela! —susurré, mientras me corría sobre su mano, recordando de golpe su nombre.
Apoyé exhausta la empapada frente sobre los azulejos, mientras los restos del orgasmo me lamían en diminutas oleadas, y llevé las manos hacia atrás para sujetarla por el culo con más fuerza contra mí. Su estremecida respiración me indicaba que ella estaba a punto. Se pegó a mí, gimiendo, mientras utilizaba las manos para sujetarme por las caderas, restregando cada vez más rápido su clítoris contra mi culo. Se soltó cuando el orgasmo le llegó, abrazándome mientras apoyaba la cabeza ladeada sobre mi espalda, y esta vez sus discretos gemidos quedaron ahogados por el sonido del agua.
Nos quedamos así un instante, absorbiendo los restos del orgasmo. Ella no me soltaba y a mí tampoco me importaba, pero me dio frío cuando el agua perdió parte de su calor —probablemente, acabábamos de terminar con la reserva de agua caliente—, así que me volví despacio, al tiempo que manipulaba los grifos para cortar el frío chorro, la miré, sonriendo, y le dije que me gustaría follármela otra vez, pero en la cama, si era posible. Ella sonrió, pero no hizo caso inmediatamente a mi petición. La muy ladina me sacó de la ducha y me retuvo hasta que se hizo con una esponjosa toalla y empezó a secarme con ella. Oh, ya lo entendía. Me secaba, pero no había nada de casto en cómo lo hacía. Me secó el pelo someramente, pasó el esponjoso tejido por mis pechos, hizo lo mismo con mis muslos y, para entonces, yo ya le había pillado el truco. Le arrebaté la toalla, le sequé el pelo, los pechos y, para cuando llegué a los muslos, ella lanzó impaciente de un tirón la toalla al suelo y me arrastró hasta la cama cogiéndome de la mano. Empezamos a besarnos con furia, como si una tuviera algún tipo de deuda pendiente con la otra, pero supongo que para entonces ya estábamos de nuevo ambas tan excitadas que andarnos por las ramas era, simplemente, inconcebible. Comí de su boca con aspereza mientras ella aguantaba mis asaltos con una táctica igualatoria que me enardecía. La toqué por todas partes, a veces con torpeza, cegada por la excitación, y ella me tocó a su vez, con destreza, al parecer ella no tenía nada de torpe. Quise darle la vuelta, tirarla sobre la cama y hacerle lo que ella me había hecho en la ducha, restregarme contra ese precioso culo a salvo de imperfecciones y montarla hasta dejarla exhausta.
Pero el teléfono volvió a sonar. ¡Mierda!, gemí, con uno de mis dedos dentro de su coño. ¡Mierda, mierda, mierda!, pensé, mientras metía y sacaba el dedo. Esta vez la llamada no parecía tener intención de cortarse, todo lo contrario que mi excitación, que corría el riesgo de batirse en retirada.
—¿Tienes que cogerlo? —preguntó ella en un susurro excitado, en las primeras palabras que escuchaba de su boca desde que habíamos empezado a follar.
—No, no —murmuré, intentando concentrarme. La llamada se cortó, saqué, metí y entonces el móvil empezó a sonar de nuevo—. ¡Joder! —exclamé.
Ella llevó una de sus manos a su sexo y me apartó la mía, moviéndose a un lado, rompiendo la conexión. Se tumbó boca arriba, tapándose los ojos con el brazo y yo la miré, frustrada y enfadada. Como el mal ya estaba hecho busqué el puñetero móvil, dispuesta a descargar toda mi frustración sobre el anónimo pesado. Al hacerlo, descubrí que ni era anónimo ni le podía gritar.
Era Caroline, mi querida miscelánea de barwoman (era la dueña del Powanda), confidente penal (porque yo le contaba todas mis penas) y osada amiga (porque había que tener un buen par de ovarios para tenerme a mí en nómina amistosa). A veces, también, era algo así como una mecenas que llevaba dinero a mi cuenta en forma de ocasionales trabajillos. Si Caroline me llamaba de forma tan insistente, debía de ser por esta última faceta.
—¿Qué? —le espeté pero, eso sí, sin gritar de rabia y frustración sexual, que eso no se le hacía a una mezcla de barwoman, confidente penal, amiga y mecenas.
—Vaya —gorjeó con su voz grave y la sonrisa pegada al tono—. ¿Resaca?
—Algo así —gruñí. Mierda, la rubia estaba empezando a masturbarse sobre la cama—. ¿Qué quieres? —la apremié, mientras no le quitaba ojo a Micaela.
—Tengo algo para ti.
—Vale, me paso por el pub en media hora. Tres cuartos —corregí al punto, viendo tocarse a la rubia. Podía follarme a Micaela un par de veces más, si ella quería.
—Imbécil —dijo con amabilidad Caroline—. Son las dos de la tarde, no abro el pub hasta las siete, ¿por fin has logrado acabar de una sola tajada con todas tus neuronas?
—Vale, lo he pillado, no hace falta insultar. —¡Ay!, Micaela se pasaba un dedo lentamente por el clítoris, acariciándose como si yo no estuviera allí—. Me paso esta tarde.
—¿No quieres saber de qué se trata?
—De trabajo, espero. De esos que se cobran al final, deseo. —Me pasé la lengua por los labios, el sexo me palpitaba dolorosamente. ¡Micaela acababa de meterse dos dedos!—. ¡Nos vemos! —grité al aparato, mientras lo tiraba al suelo.
Esperaba que Caroline cortara la llamada o iba a ser testigo de una sesión de sexo telefónico en toda regla.
Me acerqué a Micaela y aparté su mano de su sexo. Eso quería hacerlo yo, me lo debía. Vi cómo sonreía bajo la sombra de su brazo. Miré con glotonería el sexo empapado, pero, cuando estaba a punto de tocarla, ella se quitó el brazo de la cara y me miró.
—Ve a esa mesita, tercer cajón —señaló la mesa junto al lado izquierdo de la cama.
Oh, bueno, vale, lo que ella quisiera. Me precipité hacia el mueble y abrí el cajón indicado. Joder, un arnés de cincha negra y hebillas plateadas con un falo de goma de tamaño medio descansando envuelto sobre una tela blanca. Me gustó el detalle de que contara con el adminículo correspondiente que se encajaría en mi sexo. Vale, sería con eso. Lo cogí y me acerqué a ella, que se había sentado en la cama. Me sonrió y me hizo un gesto para que me acercara. Con mano experta, sujetó el arnés a mi cadera y encajó el falo en mi sexo. Gemí anticipadamente. Ella tiró de mí para ponerme a su altura y besarme. Fue un beso largo, sensual, sin la precipitación que habíamos tenido antes. Acarició mi nuca despacio. Sabía, oh, sí, sabía muy bien cómo besar, era toda una experta. Se separó y susurró, muy, muy bajito «Fóllame, Cate» y yo, desde luego, la obedecí. La besé, la lamí, la toqué, la tumbé boca arriba en la cama y la besé, la lamí, la toqué, hasta que su mirada me dijo que estaba lista. Ella misma se dio la vuelta, abriéndose de piernas y exponiéndose, con las rodillas en el suelo y el cuerpo sobre la cama. Jugué un poco con su sexo, acariciándolo de arriba abajo, muy despacio y me dejé caer sobre ella, apoyando todo mi peso.
—¿Por dónde? —le susurré al oído.
Ella se removió inquieta y me miró con unos ojos nublados por la
 excitación. Tenía saliva en la comisura de los labios y me incliné para lamérsela.
—Delante —dijo, de un modo apenas inteligible—. Lento, rápido.
No era una contradicción, sabía qué era lo que quería. La besé y ella gruñó, impaciente. No la haría esperar más. Me situé a su espalda, la acaricié un poco más y le metí el falo, mientras la sujetaba por un hombro. La pieza entró poco a poco y después la metí de golpe, Micaela estaba completamente húmeda. Empecé a empujar de forma rítmica. Lento al principio, rápido después, hasta que se corrió. Mientras ella todavía se estremecía bajo los estertores del orgasmo, me quité el arnés y empecé a masturbarme, mirándola. Ella se volvió y acercó la boca a mi sexo. Me lamió y metió la lengua hasta que me corrí con ella dentro. Después la empujé sobre la cama y nos quedamos quietas, abrazadas, hasta que todo rastro de lujuria se fue evaporando de nuestros poros.
—Tengo que irme —le dije al cabo de un rato.
Me miró, pero no dijo nada. Se levantó y se dirigió hacia el cuarto de baño con paso felino
—Cierra al salir, por favor —dijo sin volverse.
—Eh... ¿Micaela? —la llamé.
Me miró.
—¿Sí?
—¿Tú recuerdas dónde he dejado mi coche?
Una sonrisa bailó en sus labios.
—En el aparcamiento del Sappho. Viniste en el mío, estabas algo bebida para conducir.
—Ah. Vale.
Tocaba taxi, pues. Me vestí mientras escuchaba el rumor del agua en la ducha. Mientras me iba pensé que Micaela debía de estar congelándose sin agua caliente.


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